Tótem


 

Una cabra negra corona a un hombre vestido de traje con el rostro oscurecido, como anulado, mientras se sienta confiado sobre una cariátide invertida; ¿qué clase de extraño monumento es éste? ¿Es la oscuridad que se cierne sobre las figuras? ¿O se está levantando de algún modo? El color negro desciende sobre las figuras; se difumina en las rodillas de la cariátide; el resto es gris.

Formas similares han estado presentes a lo largo de la historia de la humanidad desde que en el Paleolítico se alzaba una larga piedra para convertirla en menhir. De ahí que a través del tiempo y en diversas culturas, se hayan convertido en obeliscos, tótems, torres de catedrales, rascacielos corporativos, columnas que conmemoran hechos gloriosos o estructuras de soporte; allí, han tomado la forma de atlantes o cariátides. Una cariátide parada sobre su cabeza funciona como base para esta escultura que bien podría ser un trofeo del poder corporativo.

Las cariátides invertidas no parecen algo común en la historia. El simple hecho de tener esta figura invertida debería darnos una clave, pero ¿clave de qué? Vitruvio contaba la historia de las cariátides como una venganza contra los habitantes de Caria en el Peloponeso por haber ayudado a los persas en la guerra contra otras polis griegas; cuando los griegos vencieran habrían destruido la ciudad, asesinado a los hombres y esclavizado a las mujeres. Las damas nobles con sus vestidos y adornos, desfilando en séquito como botines de guerra exhibidos triunfalmente. En lugar de columnas, los arquitectos de la época colocaron las esculturas de las parteras en los edificios públicos para conmemorar este castigo. Utilizar esta figura hace referencia al clasicismo, colocarla invertida parecería negarlo, negar sus valores, negar a los griegos y su venganza.

Fotografía: Diego  Buz

El elemento más misterioso es sin duda el macho cabrío colocado en lo alto, sobre la cabeza del empresario, como al borde del precipicio, con las cuatro patas juntas, girado hacia un lado. Como símbolo, el macho cabrío ha representado múltiples cosas, desde la abundancia y la riqueza hasta el pecado o la lascivia en el caso de los machos. En la antigua Grecia, son muchas las menciones del macho cabrío dentro de su mitología, principalmente relacionadas con la protección de los dioses o asociadas al dios Pan, los sátiros y la Quimera, de donde provienen sus adscripciones contemporáneas más comunes. Por otro lado, se relaciona con los ritos de expiación en la tradición hebrea. Aquí el macho cabrío parece una especie de patronímico o escudo familiar que denota algún origen, o más bien podría ser un presagio. Dependiendo de nuestras fuentes y estado de ánimo, podríamos ver un animal poderoso, una llama, una corona o uno esperando un sacrificio para librarnos de nuestros pecados. En Levítico, hay dos machos cabríos; uno consagrado a Jehová y el otro a Azazel; el segundo fue llevado al desierto y arrojado desde un acantilado cargando con los pecados del pueblo, mientras que el primero fue sacrificado en el templo. ¿Estamos en presencia de uno de estos dos machos cabríos?

La figura del centro parecería ser la principal, el motivo de esta clase de monumento, un hombre que parece el típico hombre de negocios, con un elegante traje negro, seguro de sí mismo, bien alimentado, cómodo en el mundo, mirándolo desde arriba. Cuando lo observamos, nos damos cuenta de que es un reto ver su rostro; es completamente negro en el mismo tono que el resto de su figura, la cabra y la cariátide hasta las rodillas. Al verlo a más de tres metros hacia arriba, casi no se distingue nada, ningún rasgo o señal particular. En ningún otro elemento resulta tan inquietante este color como cuando cubre todo el rostro, incluidos los dientes y los ojos; parece algo salido de una película de ciencia ficción o de terror. Uno puede pensar en esas bolsas de tela negra colocadas sobre las cabezas de los rehenes o prisioneros de guerra. Sin embargo, el rostro, aunque sin saberlo a ciencia cierta, se puede adivinar que sonríe, y la postura es de alguien apacible y cómodo; con un poco de imaginación, es fácil visualizar las piernas balanceándose alegremente. Este hombre es alguien que disfruta de su posición sobre este clasicismo negado y bajo el signo de la abundancia (¿o de la expiación?).

La figura se recuesta ligeramente hacia su lado derecho con el brazo levantado como si abrazara el aire, abrazara la ausencia, como si faltara el otro personaje de un retrato doble. Parece haber muchas negaciones y ausencias en este trofeo de la vida moderna, en este tótem de poder para el mundo corporativo, neoliberal, neoclásico, no clásico, contemporáneo.