He tenido, en varios momentos, lugares y circunstancias, la oportunidad de contemplar y admirar el Ejército chino de terracota, del escultor leonés Ramsés Ruiz. Cada que esta pieza está frente a mis ojos me sugiere una lectura diferente, algunas incluso contradictorias. Quizá la primera vez que la vi fue retratada en un catálogo de arte moderno; luego la pude tocar en el estudio del escultor; más delante, a mediados de julio de 2018, me la encontré en el Centro Cultural La Moneda, en Santiago de Chile. Recientemente, en el marco de los 30 AÑOS EN EL MUNDO DEL ARTE. UNA REVISIÓN DE LA BIENAL FEMSA, volvieron a guiñarme sus ojos esos Robot Saturn de arcilla. Y, como he mencionado, siempre me hago conjeturas respecto al sentido de tan fascinante obra. No es que quiera saber, a través de razonamientos complejos, qué quiso decir el artista, sino qué me dice ahora, a mí, un simple observador, ese conjunto de robots.
Hay, por supuesto, una depurada técnica en el tratamiento de la arcilla (no cualquiera sabe hornear, me comentó alguna vez Ramsés, la cerámica). Sumado a este dato técnico está el ingenio, la chispa de la creatividad en la elección de modelar un icónico juguete de finales de los 70s, es decir, el Saturn (The 13 Giant Walking Robot whit Lites-up eyes and 4 Shooting missiles, tal como reza la caja original). Y, hasta ahí, la obra, a mi parecer, aún no está completa. Falta algo, y Ramsés lo sabía bien. De qué se trataba. Del título de la pieza, adosado con lucidez y rotundidad: Ejército chino de terracota.
Hay piezas que funcionan bien sin título, pero aquellas que son nombradas literariamente, ya sea por el autor o los críticos y curadores, corren el riesgo de empobrecer, por falta o exceso de sentido, la obra. Se tiene que apelar, para nombrar un objeto artístico, a cierta sensibilidad y genio no menor al invertido en la creación de algo llamado arte. El historiador de arte Ernst H. J. Gombrich, en su obra Temas de nuestro tiempo (Propuestas del siglo XX acerca del saber y del arte), escribió “El título influye en el ajuste mental del espectador… La imagen es un polo, el título a menudo proporciona el otro, y si el dispositivo funciona, algo nuevo surgirá que no es la imagen ni las palabras, sino el producto de su interacción”. Y, ahora lo intuyo, esto le sucede al Ejército chino de terracota. El referente es claro, aquella cámara funeraria, de más de ochomil guerreros de arcilla, del emperador Qin Shihuang di. La apropiación, a través de un juguete chino, con connotaciones bélicas, se patentiza al conservar una formación militar. Es como un juguete dispuesto al juego que sólo sucede en la imaginación de un niño. El remate de la pieza, es decir, su título, genera esa interacción de la que nos habla Gombrich.
Fotografía: Diego Torres
En ese ir y venir de un polo a otro es que fluye, con ironía y mordacidad, la pieza de Ruiz. Ahora, si los guerreros de terracota, encontrados por campesinos al este de Xi'an, protegían de los peligros del más allá a Qin Shihuang di, a quién o de qué, protege el Ejército chino de terracota de Ramsés Ruiz. Lanzo una hipótesis: ese Ejército custodia y resguarda la infancia del artista.